martes, 11 de septiembre de 2012

APUNTES PARA UNA HERMENÉUTICA ARGENTINA
"Porque en realidad no propongo una solución a la problemática sarmien-tina, ya que su valor genuino está en que no puede ni debe ser resuelta, fi-niquitada, muerta, sino utilizada a lo largo del tiempo como hipótesis de trabajo, como suscitador de respuestas, como un bisturí que jamás se em-bota y que hiere y cura lo más sensible de nuestro amor al país". Ezequiel Martínez Estrada.
INTRODUCCIÓN La intención del presente trabajo es la de analizar el “Facundo, Civilización y Barbarie” desde la Hermenéutica, tomando en cuenta la Teoría de Jung sobre los arquetipos en el inconsciente colectivo. Antes de comenzar con el desarrollo del análisis del libro de Sarmiento, creo necesario hablar brevemente sobre la techné, es decir las herramientas que nos permitirán llevar adelante dicho análisis. Los arquetipos son cuatro: Sombra, Ánima, Ánimus y Persona. Dichos elementos conforman un círculo cuyo centro es el sí mismo. Si este último se concretiza —es decir, si se cumplimentan los cuatro arquetipos—, se produce lo que Jung denomina “proceso de individuación”. El inconsciente colectivo es la memoria de la especie humana en un individuo, manifestada justamente en los mencionados arquetipos. De este modo, tenemos que los cuatro elementos mostrarán, no sólo nuestras características particulares, sino también la medida en que tales rasgos nos ligan a la especie. A continuación, una breve reseña acerca de cada uno de los Arquetipos : Sombra: es la proyección de nuestras tendencias inconscientes en otras personas. Generalmente nuestra personalidad ocupa el lado opuesto o antagónico al de la sombra. Esta puede simbolizar tanto una escasez que tenemos que superar, como algo de nuestra vida que deberíamos aceptar. Ánima: es la personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre (sospechas proféticas, captación de lo irracional, sensibilidad para la naturaleza, etc.). El carácter del Ánima de un hombre adquiere generalmente la forma de la madre. Es, por ende, el medio por el que se transmiten los mensajes vitales del sí mismo. Ánimus: es la contraparte del Ánima, sólo que en la mujer. Así como en el hombre el carácter del Ánima se lo da la madre, el del Ánimus está influido por el padre de la mujer. Se manifiesta en las cualidades masculinas tales como el arrojo, la iniciativa, sabiduría espiritual, etc. Está conformado, también, por aquellas convicciones inalterables que le ha inculcado el padre en su infancia. Persona: es la máscara o el rol que tomamos para desenvolvernos ante distintas circunstancias de la vida. Es la cara visible, pero no la única. En ella se manifiestan los demás arquetipos por medio de símbolos Jung halla los arquetipos en un individuo mediante la exploración de los símbolos (imágenes) que aparecen en el mundo onírico del paciente. Al ser los símbolos “universales”, llega al arquetipo particular que se encuentra en conflicto. Bueno, ahora la pregunta sería: ¿Qué tiene que ver esta teoría de tinte psicoanalítico con un análisis literario y, específicamente, con el Facundo de Sarmiento? Tomemos como un hecho que ignoramos (por convicción o simple desconocimiento) la sentencia de Goethe: “todo es símbolo”, es decir que todo refiere a otra cosa, y dudáramos sobre la compatibilidad de un estudio del inconsciente colectivo en un individuo con un análisis crítico-literario. Bueno, en ese caso, tendríamos que ver si este método realmente funciona y, si es así, de qué manera se instrumenta. Uno de los modelos que utilizó Jung para graficar cómo el individuo apela al inconsciente colectivo para comunicar sus mensajes más herméticos, fue el modelo de los cuentos de hadas. En éstos aparecen ciertos símbolos que se han repetido en diferentes culturas y en distintos momentos de la historia de los pueblos, tales como el castillo o la morada (la mente), el sótano o el arcón (el inconsciente), el héroe o el antihéroe (el ánimus), la princesa a rescatar (el ánima), etc. A través del estudio de los símbolos que aparezcan, se puede desentrañar el mensaje subliminar inserto en el cuento. Pero dicho mensaje no sólo tendrá el valor de un código descifrado, sino otro mucho más significativo. Debido a que los símbolos poseen un carácter universal, si develamos el mensaje intrínseco no será el del autor del cuento analizado como simple narrador, sino como integrante de su especie. Es decir, que la significación del mensaje llega hasta nosotros debido a que manejamos un código simbólico en nuestro inconsciente, y esto es así porque pertenecemos a una misma especie, la humana. Es por eso que a través del análisis simbológico llegamos al mensaje oculto (hermético) de un individuo, y a través de él, al de la especie, situado en la memoria almacenada en su inconsciente colectivo. En el análisis hermenéutico de un texto se toma en cuenta, predominantemente, la interacción creador-criatura. El sí mismo del creador indefectiblemente aparecerá en su criatura, pero no podremos verlo sino a través de determinados símbolos que aparecerán semiocultos en el texto. Este sí mismo nos hablará del creador, pero también de algunos símbolos comunes a su especie. Esta es la razón por la que creo que este tipo de análisis puede funcionar mejor que otros (quizá más cientificistas, o filológicos). ¿Puede haber una semántica más específica que la que llega a los mensajes herméticos de un individuo y, a través de él, a los de la propia especie humana? Creo que no. Alguna vez dijo Georg Gadamer que la tarea de la hermenéutica era tender un puente sobre la distancia de espíritu a espíritu. Si esto es así, quizá esta disciplina contribuya a disminuir el abismo que hemos construido entre nosotros y que seguimos alimentando a través de competencias absurdamente salvajes y autodestructivas, prestando atención sólo a lo que nos diferencia e ignorando (como peligroso) lo que nos une.
ANÁLISIS HERMENÉUTICO DEL “FACUNDO” El “Facundo, Civilización y Barbarie” es un texto ideal para un análisis hermenéutico debido, principalmente, a tres razones: Las circunstancias en que fue escrito (exilio), el estilo (pasional y comprometido) y, fundamentalmente, la forma (no es enteramente una biografía, un ensayo, una novela, un elemento propagandístico, o un programa de gobierno; sino una integración muy original de todos estos géneros). Las dos primeras razones (las circunstancias y el estilo) facilitan el hallazgo de elementos muy caros al carácter y al ethos de Sarmiento; la tercera (la forma), hace casi imposible un análisis semántico (al menos, uno que cubra todas las esferas), debido al carácter plurigenérico anteriormente citado. A continuación, el desarrollo de cada uno de los cuatro Arquetipos, determinados por la relación creador-criatura instalada en la obra. SOMBRA
Dos son las sombras que acechan a Sarmiento en esta obra: Los generales Juan Facundo Quiroga y Juan Manuel Ortiz de Rozas. Estos dos personajes trascienden el mero relato histórico, para transformarse en una negación (el primero) y una escasez (el segundo) del propio autor. ¿Cómo se explica esto? Ahora veremos. * Quiroga: Lo llamaban El tigre de los llanos, y Sarmiento utiliza la anécdota del tigre en el desierto para marcar la similitud que ubica a Facundo del lado salvaje, es decir, personificando a la barbarie, lo irracional, el impulso, lo natural. Pero Quiroga era ante todo un caudillo, y ¿qué es un caudillo para Sarmiento? : “(...) un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia.” Es decir, Facundo es el reflejo del pueblo, ese mismo del que Sarmiento forma parte. ¿Y por qué es importante el detalle de que Sarmiento obvie citarse como un integrante más del pueblo bárbaro reflejado en sus caudillos? Porque si así lo hiciera, asumiría su propia barbarie. Y aquí aparece la negación a la que aludía hace un momento. Sarmiento compara al gaucho (hijo de español e india; en definitiva, la porción mayoritaria de la Argentina a mediados del siglo XIX) con las tribus árabes, las cuales sí tenían una organización social, pero eran nómades. Es decir, un grave atentado contra la civilización y el progreso: “(...) porque no puede haber progreso sin la posesión permanente del suelo”. Y esta comparación la sustenta en que la geografía común (la llanura) en la que les ha tocado nacer tanto al árabe, como al gaucho y aún a los mohicanos, ha sido el motivo de su barbarie. Este pensamiento responde a una corriente ideológica llamada “determinismo”, en la que se cree a los hechos como consecuencias de premisas ya estipuladas e inmodificables. Así, el gaucho galopa despreocupadamente por las llanuras, y Sarmiento asocia: “Ya la vida pastoril nos vuelve, impensadamente, a traer a la imaginación el recuerdo del Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siempre cubiertas, aquí y allá, de las tiendas del calmuco, del cosaco o del árabe. La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara y estacionaria, la vida de Abraham, que es la del beduino de hoy, asoma en los campos argentinos, aunque modificada por la civilización de un modo extraño.” Esto lo llevará a una nueva y fundamental comparación dentro de lo que es su concepción de país: ¿Cómo se ha superado la barbarie india en Norteamérica? Con inmigración y, una de sus consecuencias, el progreso. Esta misma fórmula tiene que arrasar la barbarie argentina. ¿Cómo civilizamos a los gauchos? Mezclándole la sangre con europeos progresistas que pueblen las llanuras en donde los gauchos vagan, transformándolas en ciudades para que, de esta forma, al cambiarles el hábitat (ya que éste es el que “determina” al individuo), cambien inevitablemente sus costumbres. Él se ve afuera de esta realidad. Nada más ajeno a Sarmiento (y a la Nación que pergeña) que un pueblo gaucho, comparable a aquellos árabes bárbaros, incivilizados. Sin embargo, él mismo (por parte de la familia materna) desciende de los árabes. Su madre (Doña Paula Albarracín), la persona que más ha influido en su vida, es en realidad: Paula Al-Ben-Razín. Como vemos, hasta en estos mínimos detalles, Sarmiento no asume algo latente, vivo dentro de su ser. Sangre árabe corre salvajemente por sus venas argentinas. Negar la barbarie es negarse a sí mismo; y es por eso que Facundo, el máximo exponente de esa barbarie tan nuestra, se transforma en su negación, en una de sus sombras: “(...) porque en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina, tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno(...)”. * Rosas: Para entender cómo este personaje singular en la historia de nuestro pueblo se transforma en sombra del autor, podríamos comenzar con la Introducción de la obra. Aquí Sarmiento es más que claro con respecto a lo que piensa sobre Rosas y lo que lo diferencia a éste último de Quiroga, que es justamente lo que lo constituye en sombra del autor: “Facundo, provinciano bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra.” Pensemos en lo que este párrafo puede implicar. ¿Qué diferencia a estos dos caudillos en tanto movilizadores sociales? Los dos tienen carisma, pero Facundo lo ha impuesto por la fuerza, “con el terror de su nombre”. Y esa misma fuerza lo ha derrotado: “El orgullo y el terrorismo, los dos grandes móviles de su elevación, lo llevan, maniatado, a la sangrienta catástrofe que debe terminar su vida.” En cambio, ¿qué es lo que sostiene a Rosas? ¿Su nombre? ¿Su fuerza? Algo mucho más importante: su enorme capacidad de conducción. Rosas es un líder nato. Es un cerebro privilegiado que ha sabido captar lo que se cocinaba en el país y cuáles eran los ingredientes que tenía que utilizar y cuáles que rechazar. Se ha deshecho, entre otros, de Maza, Facundo, Estanislao López, Lavalle, y hasta del general Paz. Sus mayores detractores están exiliados e impotentes. Es obvio que su muñeca política es una de las más acei-tadas de todos los tiempos. Sarmiento lo sabe, o mucho más que eso: lo siente como un empacho en el alma. Algo que no digerirá nunca. Quizás nos ilustren mejor sus propias palabras, cerca del final de la obra: “¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡me prosterno y humillo ante tu poderosa inteligencia! ¡Sois grande como el Plata, como los Andes! ¡Sólo tú has comprendido cuán despreciable es la especie humana, sus libertades, su ciencia y su orgullo! ¡Pisoteadla! (...)” . ÁNIMA
A lo largo de la obra de Sarmiento tomamos contacto con objetos muy caros a sus sentimientos que se repiten, algunos, en la totalidad de sus escritos: la madre, la patria. En el Facundo, su madre aparece a través de las múltiples referencias al mundo árabe (relacionado directamente con su linaje materno). Pero, a pesar de que es “la patria” la que nos interesa, debido a que tomará un rol protagónico como elemento femenino arraigado en el autor y en la obra que nos ocupa, veremos que, tanto la madre como la patria, no son incompatibles, sino todo lo contrario. La razón es que se constituyen en dos referentes de un mismo objeto de deseo, al quedar unidos (estos dos conceptos de patria y madre) en uno de los dos símbolos tópicos de la obra: la barbarie. Según el diccionario de Cirlot , los símbolos de la madre presentan una ambivalencia notable; la madre aparece como imagen de la naturaleza e inversamente; la madre terrible, como sentido y figura de la muerte. Por esta causa, según la enseñanza hermética,  regresar a la madre significaba morir. Es decir, la madre puede ser vista como fuente de vida, fecundidad, en síntesis: como naturaleza; pero, también, como muerte. Y, ¿por qué la naturaleza o un regreso a la naturaleza (como regreso a la madre) puede significar la muerte? Bueno, ¿qué es lo que pasa cuando morimos? Nos entierran. Y esto, más allá de las razones de profilaxis o religiosas, se traduce como un regreso al polvo de donde venimos. La naturaleza nos recibe en su seno, la nutrimos para que vuelva a crear, para que dé vida nuevamente. Es aquí donde vemos, en su real dimensión, lo que la polisemia de este símbolo puede decirnos acerca del autor del Facundo. Cuando en el tema anterior (la sombra) veíamos a Sarmiento denunciando a la naturaleza como creadora de barbarie, ¿a quién se refería en realidad? ¿Acaso su propia madre no lleva sangre bárbara (árabe) en sus venas? ¿No será este despotriqueo contra la llanura (parte mayoritaria, por esos años, de la naturaleza argentina) un reproche al propio origen de su madre y al suyo mismo? Sarmiento había aprendido una idea de nación que no se condecía con su tierra, con su patria. Su instrucción autodidacta, a manos de escritores europeos (predominantemente franceses) y norteamericanos, le mostraba otra realidad, un proyecto de vida distinto, algo por hacerse. Pero la Argentina no era un recipiente vacío posible de llenar con cualquier cosa; ya tenía su propia identidad. Todo lo nuevo que se incorporase, inevitablemente debía connivir y cruzarse con la identidad argentina que existía y que, de alguna forma, sigue existiendo. Sarmiento para nada desconocía esto que estoy diciendo. Es más, cuánto habría dado él por ignorar nuestra cepa bárbara, negarla, y proyectar tranquilo (de cero) un país nuevo y progresista. Pero, muy a su pesar, tenía harto presente esa realidad que lo avergonzaba al punto de llevarlo a negar su propio origen, de negar a su madre, es decir, a la naturaleza. Pero, ¿qué pasa cuando uno niega su origen y quiere partir de otra realidad? Principalmente, cae en un autoengaño. Y, ¿necesitaba Sarmiento engañarse a sí mismo? Yo creo que sí, y por una razón fundamental: sostener su mesianismo . Él podía llevar adelante la transformación que la patria necesitaba, siempre y cuando estuviera al margen de la realidad a modificar. ¿Cómo podría redimir de la barbarie a la Nación siendo él mismo un bárbaro? Lo que no advirtió Sarmiento fue que al cambiarse él de lugar, todo lo demás también cambió. Se disfrazó de héroe para rescatar a una princesa que ya no era tal, que lo esperaba con la cara de su madre y todo el peso que esto le repre-sentaba. Entonces, el problema del origen es un inconveniente insalvable para Sarmiento, y el que se constituya en algo tan traumático, se evidencia en el lugar recurrente, casi obsesivo que ocupa su madre a lo largo de toda su literatura que, de alguna manera, equivale a decir su vida misma. ÁNIMUS
En este punto quiero ser categórico: hay un sólo héroe en el Facundo, que no es Quiroga y mucho menos Rosas, pero que sí se manifiesta a través de estos dos personajes y sus circunstancias. Se llama Domingo Faustino Sarmiento. Tuvo la intención de caracterizar al general Quiroga como un personaje repudiable, pero terminaron escapándosele palabras de consideración, y cercanías impensadas. Trató de mostrar a Rosas como su contracara, pero terminó evidenciando claramente su envidia a la inteligencia y capacidad de mando del Tirano . Sin embargo, y a pesar de todo esto, quiso hacer de su Facundo un elemento de persuasión y punto de partida de un nuevo país, y logro mucho más que eso: nos dejó un compromiso que aún no hemos cumplimentado. Por eso, Martínez Estrada decía que El problema nuestro sigue siendo, pues, el Problema Sarmiento, en su raíz, un problema de la conciencia de la nacionalidad tanto como de las cosas, un problema que no puede solucionarse _porque no puede satisfacerse a sí mismo_ con la estadística y menos con la contemplación del país como espectáculo. No hablaré aquí de mesianismo, eso lo reservo para el próximo arquetipo. Pero sí creo digno de notar que Sarmiento trabaja en el Facundo sobre un material que no existe. La Nación que él persigue no es un país sin Rosas y punto. Quiere otro país. A él le ha tocado una mujer muy bella, alta y con gracia de movimientos, pero esto no le importa. No repara en la belleza de su vastedad, sus trenzas negras y sus pies fríos. Nada más se detiene en su mente. La insulta. Dice quererla sólo si cambia su forma de ser. ¿Por qué se embarca en esta utopía? Además, ¿quiere ella ser rescatada de su condición de bárbara? Bueno, si ella pudiera analizar su condición ya no sería bárbara. Ella no entiende lo que Sarmiento le pide, y es lógico. Pero él tampoco advierte que pide un imposible. Quiere a su mujer con la mente fría de aquella que conoció en el norte, con sus pies calientes pisando centroamérica. Y, en cierta forma, ella se disfrazará de la otra (hasta el día de hoy), sólo por complacerlo. El problema es que hace tanto que usa ese disfraz, que ha entrado en una crisis de identidad. Al perder comunicación con su yo interior, terminó delirando una personalidad mentirosa. El disfraz que la mujer se cree es nuestra identidad nacional, esto representaría definirnos al menos de dos formas: como mitómanos, o como locos. El resto del mundo (en realidad, los pocos pueblos para quienes la palabra ARGENTINA significa un país determinado) está convencido de nuestra mitomanía. Creen que deliberadamente nos colocamos por encima del resto con un iluminismo discriminatorio. Aquí cabe recordar aquel chiste sobre cómo se suicida un argentino: se sube a lo alto de su ego y de ahí se tira. El mismo chiste también ha sido utilizado por los del interior del país para caracterizar a los porteños, y aquí está la clave de otro tema connivente con el anterior: ¿la imagen argentina la constituyen los porteños o el país en su conjunto? Pero ahora volvamos al otro tema: los demás nos catalogan de mitómanos, pero, ¿es realmente así? ¿Decididamente nos creemos el disfraz (es decir: la mentira de nuestra supremacía)? La otra opción sería la locura, o sea que en algún momento sobrecargamos nuestra mente y ésta colapsó disgregándose en los pedazos flotantes que hoy nos representarían. Esto equivale a que no tendríamos conciencia de nuestros actos y, por ende, que no seríamos responsables de nada. Si esto fuera así, no tendría sentido discutir sobre nuestra identidad salvo el de lamentarse inútilmente ante los despojos de un sueño inmaterializable, extinguido antes de nacer. Y aquí quiero ser bien claro, cuando digo identidad nacional no estoy hablando de un muerto. Sarmiento lo tenía claro en el siglo pasado, en parte porque era un soñador (como creía Borges: Sarmiento sigue soñándonos), pero principalmente porque fue un pragmático inigualable, un hacedor que siempre consideró a su proyecto de país como posible. Pero entonces, ¿es nuestra identidad comparable a un loco que no responde de sus actos? Definitivamente no. Somos conscientes de nuestro engreimiento; nos parece absurdo, pero de una forma u otra lo sostenemos. ¿Y de dónde nace nuestra imagen de engreídos? Bueno, para ver esto debemos volver a algo que cité más arriba. Hay una coincidencia notable entre lo que piensan de los argentinos en el exterior y lo que opinan de los porteños desde el interior. ¿Por qué? Para empezar a desentrañar este enigma tenemos que remitirnos a los últimos años de la colonia; por lo que vale la pena una pequeña digresión. Cuando Argentina todavía formaba parte del Virreinato del Río de la Plata, era un país inexplotado que vivía mayormente del comercio del suministro de mulas hacia un punto neurálgico de la colonia: las minas de Potosí. Existía un camino que atravesaba en diagonal (de noroeste a sudeste) el territorio nacional (por supuesto que descartando la Patagonia). A la vera de este camino se comercializaban las mulas. Lejos estábamos del país agropecuario que llegaríamos a ser: nuestros campos exhibían infinitos matorrales, y las vacas pastoreaban sin mayor molestia. En ese entonces, Buenos Aires no pasaba de una triste y casi despoblada aldea. Su puerto les quedaba lejos a los españoles. Pero cuando se produjo la Revolución de Mayo, el camino a Potosí quedó clausurado a causa de las luchas que se sucedieron en esa zona (que terminaron con la escisión de Bolivia y Paraguay). Entonces, al quedar sin efecto la principal fuente de subsistencia, el interior del país comienza a vivir una etapa negra, y aquel puerto precario y semiabandonado, adquiere un protagonismo inédito. Buenos Aires es ahora el portón de entrada al país. Al sellarse las fronteras con los dos Imperios (el del Brasil y el Español), la única vía de acceso y comunicación pasa a ser el puerto de Buenos Aires. Pensemos en el lugar estratégico, está justo en la desembocadura de los otros dos grandes ríos: el Paraná y el Uruguay, esto significa que todo el interior del país comienza a depender de estos soberbios dueños del puerto (los porteños) quienes se cobrarán, sin compasión, el ostracismo al que hab-ían sido relegados hasta ese momento. Esto que en principio fue estar ubicado en el lugar justo, terminó generando una relación (y abuso) de poder mediante un elemento nuevo y vampirezco: la Aduana. Ni siquiera ciudades antiquísimas como Santiago del Estero o Córdoba podían ante este nuevo agente de “progreso” y subsistencia nacional. Es de imaginar el recelo del sometido contra el sometedor. Además, el hecho de que todos los otros pueblos estuviesen bajo la dominación de Buenos Aires, contribuyó a que la intolerancia (que en su momento fue resistencia y lucha) traspusiera las generaciones. ¿Quiénes se creen que son éstos? ¿Qué los hace diferentes a nosotros? ¿Para qué queremos una revolución que al final termina sometiéndonos? En la densidad de estas preguntas radica la clave de la mala fama porteña. Y no es casualidad que la misma imagen y hasta recelo que tienen los del interior del país con los porteños, sea comparable a la del exterior (especialmente nuestros hermanos latinoamericanos) con el argentino. Es que interior y exterior se unen para repudiar una misma imagen. Aún hoy, el lugar donde se manejan las decisiones más importantes para el país (digamos: coparticipación federal, etc.), sigue siendo Buenos Aires, y esto es toda una señal. Pero, ¿a qué va todo esto? Estoy hablando de aquella mujer que se disfrazaba de otra para complacer esa idea “moderna” de Nación (en el sentido de progresista) que tenía Sarmiento. Sabíamos que la mujer era la Patria, ahora acabamos de ver la tela del disfraz. Porque de ese nido de desigualdades que era la Aduana, pasamos al segundo capítulo: la Buenos Aires Ilustrada. Comienza el auge del iluminismo que se centralizará en tres grandes nombres: Moreno (Plan Revolucionario de Operaciones), Sarmiento (Facundo) y Alberdi (Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina). Los pensadores viven en Buenos Aires (la mayoría sin ser porteños nativos), pero pergeñan mirando a Europa (principalmente Francia). Pero hay algo más, si bien Sarmiento (como los otros iluministas) extrae sus ideas mayormente de filósofos franceses, el país progresista modelo a que apunta es Estados Unidos. Él comparará a nuestros inexplotados ríos, que sólo son obstáculos para el libre y cansino deambular de los gauchos (bárbaros), con el inigualable Mississipí (el cual conoció en uno de sus viajes), fuente de raudo crecimiento en el país del norte. Sin embargo, este mismo río es hoy exponente y medida de uno de los más graves casos de contaminación ambiental en el mundo. Es decir, nosotros también contaminamos nuestros ríos (el Río de la Plata, por ejemplo), pero el haberlos imitado sólo en sus peores defectos, ¿nos asemeja a la cultura e idiosincrasia norteamericana? La profesora Emilse Cersósimo decía, en una de sus clases, que se ven marcadas dos posturas del hombre con respecto a la naturaleza (es decir, su madre): la primera, la de aquel que ha madurado y ya no depende de su mamá para vivir, se independizó y ha comenzado a retribuirle a ésta todo lo que ha hecho por él (ésta sería la postura ecologista); en cambio, en la segunda, se sitúa aquel que, ya pasada la edad del destete, aún no se independizó, y no sólo eso, sino que le exige a su madre que lo abastezca hasta el hartazgo, sin retribuirle absolutamente nada (ésta sería la postura del contaminador). Esta postura inmadura es la que ha esgrimido, desde su nacimiento, Estados Unidos. Si bien esto le ha servido para consolidar su hegemonía socioeconómica, ¿es éste el modelo a seguir para conformar nuestra identidad como pueblo? Creo que tanto la ecología como nuestro futuro rol en el mundo (nos hartamos de oír que somos la reserva del planeta), debe estar en la discusión actual del concepto y praxis de la identidad nacional argentina. En definitiva, ¿podía Sarmiento prever la potencia hegemónica en que se convertiría su modelo de país? La mujer se disfraza con un vestido francés que desentona con sus trenzas largas, pelo de china. Sarmiento al contemplarla queda hechizado, lo que en definitiva termina entorpeciendo el rescate que pensaba efectuar y contribuye a que la mujer no reconozca esas ropas como ajenas, sino más bien que se crea una princesa. Pero entonces, ¿qué tipo de héroe es Sarmiento si no logra su cometido? Bueno, es cierto que Sarmiento no logra su cometido, pero esto no le impide ser héroe. ¿Qué quiero decir con esto? Ya veremos. El Facundo es uno de los pilares fundacionales de la Literatura Argentina. De hecho, la obra no ha pasado inadvertida en nuestra historia. Pero, ¿por qué? Dije más arriba que el libro pugna por “otro país”; y, siendo así, ¿cómo es que ocupa tan importante lugar para nosotros? Hay un dato que me parece elemental y es que, tanto el Facundo como el Martín Fierro, representan nuestra identidad como pueblo. El tema es que, justamente, las dos obras son opuestas. Es decir que nuestra identidad es contradictoria. Ahora bien, ¿cuáles son los motivos por los que éstas y no otras obras nos representen? A mi juicio, la identidad nacional arranca luego de la Conquista Española, exactamente con el inicio del mestizaje. Aquí ya no eran los con-quistadores y colonos venidos de España, ni los primitivos habitantes de las tierras (se entiende que éstos vivían en sus comunidades, con sus propias y ancestrales costumbres —que muchos conservan hasta nuestros días—, y que no tienen nada que ver con nuestro ser nacional). Los gauchos, aquellos primeros mestizos, fueron los iniciadores de lo que hoy conocemos como identidad argentina. Ellos habían nacido en esta tierra, pero no eran aborígenes, no seguían sus raíces: tenían conciencia de que conformaban una nueva raza, y se sentían atados sólo al inconmensurable campo, su tierra natal. El gaucho es nuestro SER. Y ¿cuál es la obra más representativa de la épica gauchesca? Sin dudas, el Martín Fierro. Ninguno como él abarca tantos aspectos de la personalidad gaucha, mostrándonos, también, todo lo que nos parecemos a aquellos primeros argentinos. Y así parece confirmarlo el profesor Carlos Altamirano, cuando dice que definir al Martín Fierro como obra épica o “poema nacional” no significaba únicamente atribuirle, con arreglo a ciertas convenciones, un determinado estatuto genérico al texto de Hernández. Era también afirmar una identidad nacional, cuyos títulos de legitimidad se encontraban en el pasado (ahí estaba la epopeya para testificarlo), pero que proyectaba sobre el presente su significado . Pero aquí no acaba nuestra identidad. Podríamos denominar al gaucho como nuestra PRIMERA IDENTIDAD. Con las corrientes inmigratorias a partir de la segunda mitad del siglo XIX, comienza nuestra SEGUNDA IDENTIDAD. El país empieza a tomar la estructura e ideologías actuales. Y ¿qué responsabilidad tiene Sarmiento y su proyecto en esta nueva identidad? Creo yo que le cabe la máxima responsabilidad. Principalmente, por haber instaurado una nueva conciencia: el PODER SER . Este nuevo elemento introduce una nueva identidad (o podríamos llamarle: el segundo polo de la identidad nacional), totalmente opuesta a la identidad anterior (la del SER). La ambición desmesurada de este PODER SER con respecto al SER, es el fundamento de nuestra identidad contradictoria. Avanzamos del SER, pero nunca llegamos (ni llegaremos) al PODER SER. La muchacha se ha esforzado para desligarse de su SER, disfrazándose de PODER SER. Todo el mundo advierte que es un disfraz, menos ella, que de tanto usarlo se lo ha creído. Ahora, supongamos que se me objeta que, de existir como yo digo la contradicción, toda América (a excepción de Estados Unidos) se encontraría en nuestra misma situación. Y, en cierto modo, es cierto, pero para nada contradice lo que estoy diciendo. Los otros pueblos (nuestros “hermanos” de Latinoamérica), también partieron de un SER y adoptaron un PODER SER. Pero, en ninguno de los casos, el PODER SER ha sido tan ambicioso como el nuestro. Además, hay otra cuestión: nuestro PODER SER no parte del SER propio, nacional, sino de uno importado. Y cuanto más ajeno el PODER SER, más contra-dictoria nuestra identidad. Osvaldo Soriano decía que los argentinos somos un pueblo cómico y que todo el mundo nos ve de esa forma, salvo nosotros, que nos creemos serios. Vivimos nuestra propia realidad a la manera del Quijote, y como él nos enojamos si nos dicen lo que somos, es decir, la verdad. Nosotros, al igual que el Caballero de la Triste Figura, buscamos resucitar una realidad que nunca existió, creyéndola tangible e inmejorable. Pero todo esto no significa que seamos gauchos que nos creemos gentlemen. Si esto sucediera, entonces nada de lo ocurrido desde el naci-miento del primer mestizo argentino hasta ahora nos habría modificado, y esto es mentira. Seguramente nuestro lugar se encuentra en algún tramo de la distancia que separa al gaucho del gentleman. Pero una cosa es lo que somos, y otra, muy distinta, lo que nos creemos. Entonces, si el Facundo es capaz de proyectar esa imagen de país en un presente donde soñar se penaba con la refalosa, es más que notorio el mérito que le cabe. Y si dijimos que la obra termina pintándonos la imagen de su creador a través de sus personajes, es a él a quien debemos esta identidad de la era moderna. Él nos ha rescatado. No digo que nuestro presente sea mejor ni peor, sino que en gran parte se lo debemos a Sarmiento. PERSONA
En este último arquetipo trataré (lo más brevemente posible) las distintas ideologías que adopta Sarmiento a lo largo del Facundo, y en que medida lo definen. Para empezar, digamos que son varias las posturas ideológicas: determinismo, historicismo romántico, iluminismo, positivismo, mesianismo, maniqueísmo, no obstante, en la mente de Sarmiento están estrecha y coherentemente relacionadas, es decir que no se contradicen entre ellas, aunque hay una que se autocontradice, y se evidencia en distintos pasajes de la obra. Determinismo : Es la idea de que todo hecho es consecuencia de una “determinada” causa, es decir que si se da la causa, inevitablemente el citado hecho ocurrirá. Sarmiento recurre constantemente a esta concepción fatalista de los hechos. Veíamos anteriormente cómo concebía a la barbarie como consecuencia de una determinada geografía (la llanura). O cómo, de alguna manera, justifica la barbarie en Quiroga y Rosas, debido a sus naturalezas gauchas. También el licenciado Feinmann habla de dos determinismos contrapuestos debido a que al determinismo mecánico e inerte de las campañas (es decir los dos que nombré anteriormente) se opone el determinismo cultural e histórico de las ciudades (a causa de que, según Sarmiento, la Revolución de Mayo se produjo por el movimiento de las ideas europeas en nuestras ciudades, claro que principalmente en Buenos Aires). Sin embargo, este recurso tan usado por el autor, falla claramente en algunos pasajes de la obra. Estos desencuentros son analizados por Noé Jitrik , quien se detiene en dos episodios: el primero, cuando Sarmiento se pregunta, refiriéndose a Quiroga, que cómo alguien salido de un hogar decente, con un padre acomodado y virtuoso, se convertía en un “gañán” (patán), fallando, dadas las premisas, la correspondiente conclusión (es decir, si los padres son buena gente, aplicando el determinismo, el hijo debería haber sido un pacífico y útil ciudadano); el segundo, cuando define a Rosas como hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él, donde la consecuencia vuelve a contradecir a la causa. En definitiva, lo que quiero decir es que si somos deterministas, sostengámoslo siempre, porque el determinismo, a mi entender, se cumple para todo, o no se cumple. Historicismo Romántico: El concepto es similar al determinismo, sólo que en el historicismo son los hechos históricos los que suceden de acuerdo a un ciclo cerrado en el que éstos se repiten. Si seguimos el razonamiento, la gran diferencia con el anterior es que dado un acontecimiento, si es cierto que los hechos conforman un ciclo que siempre se repite, podríamos predecir lo que sucederá en el futuro. Sin embargo, Sarmiento va todavía más allá en la idea, influenciado por los románticos Chateaubriand y Walter Scott (que exaltaban el clasicismo) y los trabajos historiográfico-filosóficos de Cousin y Guizot, creía que el proceso desatado en Francia no era casualidad, sino una vuelta a los valores clásicos, y que entonces no era descabellado que el cambio sucediese también en nuestro país, no por méritos propios sino por una simple consecuencia histórica y evolutiva. Aunque, para que esto sucediera aquí, tenían que cambiar las condiciones sociales. Pero esto no era mayor problema, porque seguramente se modificarían debido a que, de acuerdo al historicismo, no se puede escapar al ciclo de la historia. Iluminismo : Esta corriente es básicamente pragmática, y el justificativo de la acción es que a mi causa la considero causa de muchos y actúo en consecuencia, sin importarme si mi representatividad es real o no. Cuando, en un sistema democrático, una minoría se cree iluminada y toma decisiones por los demás, transforma su acción en golpismo. Pero, si el gobierno es tiránico (como era el caso del régimen rosista), entonces el iluminismo se convierte en re-sistencia. Sarmiento no es el iniciador del iluminismo en Argentina, pero no escapa al grupo ilustrado, lectores de Rousseau, Lamartine y Condillac, entre otros. Él pensaba que tenía la verdad, y que era hora de actuar para llevar adelante el plan que todos deseaban que se efectuase. El problema es que “todos” eran solamente el grupo de ilustrados ansiosos de cambiar la historia. Esto lo vemos en el Facundo cuando se dice que Buenos Aires es culta, siendo sólo la citada minoría los únicos cultos. Pero si ellos eran cultos, entonces Buenos Aires lo era, porque Buenos Aires eran ellos. Notemos que, el iluminismo, se contrapone al historicismo en el sentido que considera a la historia como el mero inventario de los hechos que realizan los hombres como ellos. Pero entonces, ¿cómo es que Sarmiento profesaba las dos ideologías contrapuestas? Lo que ocurre es que su historicismo es a futuro, sabe que tarde o temprano llegará, y su iluminismo es para contribuir a las condiciones favorables para que los hechos sucedan lo más pronto posible. Positivismo : Esta ideología destaca lo positivo, es decir lo verdadero, lo real, se fundamenta en lo empírico y no acepta ninguna noción a priori. Además, entiende que todo es comprobable científicamente. ¿Y qué es lo verdadero para Sarmiento? Su proyecto de país. Pero, según el positivismo, para que algo sea verdadero, ¿no tenía que estar comprobado por la experiencia? Y lo estaba, en Europa. Que se implementara aquí era una cuestión de detalles de pertinencias, para lo que había que hacer algunas modificaciones en el plano político y social. Como vemos esta ideología se articula junto con las otras. Interactúan en la mente de Sarmiento persiguiendo el mismo fin, y esto sucede porque él se da un lugar entre los protagonistas de la historia. Ahora veremos por qué. Mesianismo : Esta denominación viene de Mesías, que significa salvador, guía. Hay una misión por cumplir (por ejemplo, transformar y salvar la República), y si veo claro la urgencia de esa misión y me imagino cómo llevarla a cabo, debe ser porque soy el hombre elegido para cumplirla. Nadie más que yo. Es más, el darme cuenta me crea una obligación moral y espiritual que no puedo desatender. El Facundo trata de tres mesiánicos: el general Quiroga, el Tirano Rosas, y el mismo Sarmiento. Cada uno de ellos visualizó una misión que debía llevar a cabo y no dudó en emprenderla. Podríamos decir que a Facundo lo guió la intuición, en cambio a Rosas (creo yo que al igual que a Sarmiento) la ambición de poder. Sarmiento no era distinto a Rosas en cuanto a las ambiciones de manejar todo, estar al mando de la Nación, llevarla de las narices hacia donde él creía que debía ir. El mesianismo se asemeja al iluminismo en el sentido de ejecutar una idea, salvo que personaliza, mistifica, instaura un vocare de la conciencia, un llamado a ser protagonista, una misión. En cierta forma podría considerarse al mesianismo en Sarmiento, como el fundamento de su iluminismo. Él podrá llevar adelante las ideas revolucionarias porque es un elegido. Maniqueísmo : Manes fue un líder religioso (a sus seguidores se los llamaba maniqueos) que admitía dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal. Todo razonamiento que se base en una dicotomía de este tipo (bien-mal) se denomina maniqueísta. Ahora, ¿por qué creo que Sarmiento era maniqueísta? El autor del Facundo desde el título de la obra (Civilización y Barbarie) propone una dicotomía en la que tomará partido por una de las partes, transformándola en el bien absoluto, y defenestrando a la restante, relegándola al lugar del mal. Sarmiento no admite la posibilidad de libre elección del lector: la obra representa la exégesis de la parte Civilización por medio del rechazo acérrimo hacia la parte Barbarie. Esta ideología se relaciona con las anteriores, debido a que fundamenta su accionar en que la parte del mal de su dicotomía se ha adueñado del país, y es lo que hay que eliminar. Aquí acabamos de ver como estas seis ideologías conforman seis máscaras de un mismo personaje. Asimismo notemos que, a pesar de su instrucción autodidacta, sus posturas ideológicas estaban al nivel de los altos eruditos de su época. Pero apenas le alcanzaron para ocultar su cara original, la verdadera cara de su naturaleza.
PALABRAS FINALES En la totalidad de la obra, uno no puede dejar de sustraerse por la voz del creador. Con sus palabras de arcilla sarmientina, ha modelado dos caudillos, a quienes bautiza con dos nombres conocidos. Las características más salientes de estas dos criaturas se asemejan a las de los verdaderos personajes pero, en determinado momento, muestran su verdadera piel. Estas criaturas habitan en un escenario rural (por supuesto, construido con el mismo material sentencioso). Pero, en lo que sólo había de ser una simple ambientación, las combinaciones de palabras comenzaron a sonar distinto. Lo que debía sonar AJENO sonó ÍNTIMO, y ya todo se trastocó. Las dos criaturas junto al escenario se fundieron en una argamasa destellante, dispuesta a parir las preguntas infinitas que aún nos envuelven. Desde aquella primera explosión (cuyos ecos hoy resuenan, si se lee la obra en voz alta), el texto, informe y caótico, ha ido conformando, a medida que se lo ha abordado durante todos estos años, un singular mosaico. Éste, si uno se aleja lo suficiente, configura una cara familiar pero, que aun hoy, no distinguimos de quién se trata. La leyenda dice que, en el momento en que se la identifique, acontecerá un gran cambio. Algunos, cuyos nombres he decidido olvidar, dicen que aquel rostro es el nuestro.

domingo, 22 de julio de 2012

ANDRE MALRAUX ‎"No se necesitan nueve meses, se necesitan cincuenta años para hacer un hombre, cincuenta años de sacrificio, de voluntad, de ... ¡tantas cosas! Y cuando ese hombre está hecho, cuando ya no queda en él nada de la infancia ni de la adolescencia, cuando verdaderamente es un hombre, no sirve nada más que para morir" "En la política es a veces como en la gramática: un error en el que todos incurren finalmente es reconocido como regla" "He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida"

sábado, 14 de julio de 2012

A CONTINUACIÓN LA BIBLIOGRAFÍA Y CONTENIDOS DE PRÁCTICAS DEL LENGUAJE DE 2º DE LA E.S.B.: Bibliografía general • Britos, Valeria. Lengua y literatura2.Buenos Aires: Santillana, 2010. • Autores Anónimos. Héroes medievales. Buenos Aires: Cántaro, 2005. • Conan Doyle, Arthur. El sabueso de los Baskerville. Madrid: Alianza Editorial, 1996. • A.A.V.V. Cuentos en acción. Buenos Aires: La estación, 2010. CONTENIDOS DE PRÁCTICAS DEL LENGUAJE DEL 2º AÑO “A” DE LA E.S.B. • El discurso literario. Los mitos. Las leyendas. Los personajes y sus funciones. • Taller. Inventar un mito • El discurso literario. El relato de horror y lo fantástico. La estructura narrativa. • Lectura de un cuento de ciencia ficción. • El discurso literario. La ficción futurista. Lo verosímil en la ciencia ficción. La secuencia narrativa. • La narración en la noticia. • El discurso literario. Los relatos enmarcados y de aventuras. La descripción en el relato. Tipos de descripción. • Otros textos. La argumentación. La estructura argumentativa. • Taller. Fundamentar un pedido • El discurso literario. La narración fantástica y sus recursos. • Otros textos. La persuasión en campaña. • Taller. Una propaganda a partir de una imagen. • El discurso literario. Los relatos policiales y sus personajes y tipos de narrador. • Otros textos. Los textos prescriptivos. • Sonetos. A.A.V.V. • El discurso literario. El lenguaje connotativo. Recursos políticos. • Otros textos. Los textos enciclopédicos. • El discurso literario. El hecho teatral. El texto dramático. • Otros textos. La argumentación: La polémica. • El discurso literario. El diálogo en el relato. • Discurso directo y referido. • Taller. Una entrevista periodística. FIRMA: ACLARACIÓN: Javier Guillermo Avila.
A continuación los contenidos de 3º de la E.S.B. de Prácticas del lenguaje: CONTENIDOS DE PRÁCTICAS DEL LENGUAJE 3º AÑO “A” Y “B” DE LA E.S.B. • Las formas del discurso. La descripción y sus formas. • La narración biográfica. • Biografía para armar. • La estructura de los relatos. Las secuencias narrativas. Los indicios. Los elementos del policial. • El diario. El circuito de la comunicación periodística. • El relato de terror. La descripción de personajes. El retrato. • El texto expositivo: la nota enciclopédica. • Lectura de poemas. • Los recursos estilísticos. • Taller. Instrucciones poéticas. • El narrador y los puntos de vista. El humor, crítica de lo cotidiano. Los recursos del humor. • El texto dramático. El teatro y sus géneros. • La publicidad gráfica. Los recursos publicitarios. • Lo fantástico en los relatos. • El chiste gráfico. El humor en los medios: tipos y elementos. • El relato épico medieval. Los cantares de gesta. • Leer y comprender textos expositivos. Los recursos explicativos. • Origen y evolución de la novela. • La argumentación en los medios. BIBLIOGRAFÍA GENERAL • Britos, Valeria. Lengua y literatura 3. Buenos Aires: Santillana, 2010. • Bradbury, Ray. Las doradas manzanas del sol. Buenos Aires: Minotauro, 1983. • Golding, William. El señor de las moscas. Madrid: Ediciones B, 1995. • Cela, Camilo José. La familia de Pascual Duarte. Madrid: Ediciones RB, 1993. FIRMA y ACLARACIÓN: Javier Guillermo Avila

sábado, 30 de junio de 2012

ALGUNOS PASAJES DEL MARTÍN FIERRO QUE MÁS ME LLEGARON LA LEY "La Ley es tela de araña- en mi inorancia lo esplico, no la tema el hombre rico- nunca la tema el que mande- pues la ruempe el vicho grande y sólo enrieda a los chicos." "La Ley como la lluvia nunca puede ser pareja- el que la aguanta se queja, pero el asunto es sencillo- la Ley es como el cuchillo, no ofende a quien lo maneja." "La Ley se hace para todos mas sólo al pobre le rige" LA CAUTIVA "Se alzó con pausa de leona cuando acabó de implorar- y sin dejar de llorar envolvió en unos trapitos los pedazos de su hijito que yo le ayudé a juntar." EL MAL "El mal es árbol que crece y que cortado retoña- la gente esperta o bisoña sufre de infinitos modos- la tierra es madre de todos, pero también da ponzoña." MÍSTICA "Si hemos de salvar o no- de esto naides nos responde, derecho ande el sol se esconde tierra adentro hay que tirar, algún día hemos de llegar después sabremos adonde." "Y ya dejo el estrumento con que he divertido a ustedes- todos conocerlo pueden que tuve costancia suma- este es un botón de pluma que no hay quien lo desenriede"

domingo, 24 de junio de 2012

MARIANNE MOORE POETA ESTADOUNIDENSE (1887-1972) "Un escritor es desleal cuando no puede ser duro consigo mismo" "La poesía es el arte de crear jardines imaginarios con sapos reales" "Si la técnica no es de interés para un escritor, dudo que el escritor sea un artista" "La psicología, que lo explica todo, no explica nada: todavía dudamos"

domingo, 15 de abril de 2012

Urquiza (2003)

URQUIZA
(2003)

Hace tiempo que lo espero. La descortesía típica de los que manejan el destino. Él no tiene la culpa, ya sé. Porque no sabe que lo estoy esperando; en realidad, no lo sabe del todo. Lo intuye, claro que la intuición es un asunto de confianza y eso es difícil, no sólo en su caso.
Yo estoy aquí, en donde he estado siempre, padeciendo esta sed insaciable al lado de mis árboles frutales, pasando la mano por las rugosidades de la palmera, aunque ya no puedo sentir sus poros estallar entre mis dedos. A veces me divierto deambulando alrededor de las estatuas, recorriendo esos gestos marmolizados, el poder blanco suspendido en el tiempo, los bustos de los emperadores. Siempre soñaba con ser digno de uno, qué aspiración tan miserable; todos somos dignos de un monumento. Me gusta reírme de esas cosas que antes eran sumamente importantes para mí. Principalmente, lo hago ante mi propio busto; por suerte, esa persona de mirada vacía ya no existe.
Pero volviendo a él, no sé como será. Me refiero a su aspecto, claro. Suena divertido, una cita a ciegas. Solo sé que voy a sentir su presencia y él va a sentirme. Aunque no sé si vale en este caso hablar de sentidos, va a percibirme de una forma a la que quizá no está acostumbrado todavía.
El tiempo es una máquina impiadosa que no se detiene. Aquí lo ha transformado todo. El mismo casco sufre en sus cimientos, con un dolor infinito, el cansancio de los años. Sin embargo, he visto pasar tanta gente por este lugar, mi lugar, como agua por el río Uruguay. La gente es sangre renovada que irrumpe en un tejido envejecido, y lo despedaza, lo reconstruye, le da vida que se asemeja a la anterior pero que no es, es otra. El cambio constante es lo único eterno. La eternidad actúa con miles de máscaras, muere y renace con la música vital, un ritmo pegajoso, sagrado y profano a la vez.
Nunca me he preguntado por qué todo esto, siento que hay razones que no entendería, aún. Para qué indagar en los mecanismos. Vivo mi misión con la alegría de un soldado, aunque sin su temor, como antes. Ahora, uno sabe algunas respuestas. Pero él no las sabe, yo voy a revelárselas. Haré que la espera no sea vana. A veces pienso que tanta demora tiene una razón de pulido en las acciones que vaya a detonar. Acumulo ansiedad porque de esa manera todo tendrá otra potencia, otra maduración.
Ni el lago ni el aljibe tienen el agua que solían tener, me la he bebido yo mismo y aún estoy sediento. Mi sed ha contribuido a modificar el paisaje. Hoy todo esto es un lugar de visita, mis emociones se han diseminado por el aire, aparecen y se ocultan como luciérnagas. Chapoteo entre las ruinas de mis recuerdos. Pero, cuando la angustia quiere ganarme, pienso en lo que vendrá. Dentro de poco, volaré, como cuando comandaba a mi caballería entrerriana, sintiendo la respiración entrecortada por el viento, cobijado por una gran luz que me escoltará hasta la próxima posta, quizá la última.
Ya viene. Puedo sentirlo acercándose por la ruta. Escucho su respiración que se agita poco a poco. El sol le entrecierra los ojos, porque la verdad quema. Sus manos transpiran la incertidumbre acumulada y mueven apenas el duro volante. No sabe lo que espera, pero siente que algo trascendente va a ocurrirle. No se equivoca, a pesar de que niega su sensibilidad todo el tiempo que puede. Está cerca, pero pronto dejará de estarlo; porque es cómodo lo inminente, el tema es el desafío de la concreción. Llega la hora. Nuestra hora.
Cuando le entregue mi regalo me habrá liberado de este penar. Casi nunca me alejo del sitio del asesinato, mi asesinato. Ese lugar me duele y por eso me escapo a los jardines, pero siempre termino volviendo. Nicomedes era un hijo para mí. No sólo no tuvo piedad, sino que además impericia para el cuchillo. Tardó demasiado, muchas puñaladas. Un inútil, ¿así haría sufrir a los animales que carneaba? De todas formas, la desesperación no era por mí; Dolores y mis hijas estaban ahí, no fue capaz de evitarles todo ese patetismo. Todavía percibo su impotencia en este cuarto trágico, con una densidad oscura que me atraviesa, me desgarra, me tortura. Sé que la gente que viene hasta aquí también siente esta energía, este frío. Afortunadamente, algunos rezan o se persignan y alivian un poco mi dolor. Pero necesito algo más.
Se ha bajado del coche y se acerca. No es como lo había imaginado; aunque hay algo en su mirada, un fulgor que lo distingue.
Ahora, con gran esfuerzo, me elevo hasta que el paisaje es una mancha de colores aplastados. Las nubes me envuelven y absorbo su humedad. Pronto acabará mi sed, esta sed de muerto. Vuelo horizontal sobre Argentina. Una leve tentación de no volver, pero imposible no hacerlo. Desciendo en picada, zumbido a los costados y abajo un verde eterno que empieza a delinearse. He tomado fuerza. Ahora sí.
Entra acompañado, pero pronto se queda solo en la capilla. Mira los frescos de Blanes en la cúpula; el Vía Crucis distinto, desde la perspectiva del padre, de San José. El lugar es estrecho, él repentinamente lo siente ajustado a su cuerpo, le inmoviliza los brazos, su mirada queda fija en la imagen de San José con su mano en la frente, a un lado el ángel le anuncia lo increíble; pero el Santo cree.
Yo te convoqué a esta casa, el Palacio San José, donde he vivido y he muerto, le digo.
No sé cómo le sonaran las palabras, por ahí como una voz interior. Él cierra los ojos y respira profundo, está algo pálido. Me pregunto si realmente es él.
Yo te convoqué, le repito, porque tengo un regalo para darte, algo por lo que has peleado mucho y hoy se te va a conceder.
Frunce el ceño, reconozco ese gesto, no recuerda estar peleando por nada en especial.
Todo lo que sos ahora vas a derribarlo y reconstruirlo de una manera diferente. Un hombre nuevo emergerá de este sitio.
Presiento su duda, pero acaso sería creíble que no dudara: es un hombre. ¿No habrá dudado en un primer momento San José al anunciarle el embarazo de su mujer por obra del Espíritu Santo? La Fe cobra valor recién a partir de la duda y no en ausencia de ésta.
¿Urquiza?, pregunta.
Me enternece el tono inseguro de su voz.
¿A quién esperabas?, le digo, ¿A un angelito con alas transparentes? Todavía mando en este lugar, salvo que ahora me obedecen sin saberlo. Mucha gente trabaja para mí, ponen pasión en sus relatos para revivirme en las mentes de los visitantes. Son mis nuevos soldados de la memoria.
Sonríe, es un buen síntoma. Giro a su alrededor, la brisa parece animarlo, el color vuelve a su rostro. Se muestra más confiado.
Los demás escuchan el murmullo de los árboles, no saben que dentro de éste está mi voz. En otro momento, hubieras percibido igual que ellos; pero esta es tu hora. No hay más tiempo. Todo va a ocurrir muy rápidamente y vas a cumplir un rol importante en esto.
¿Yo?, pregunta.
Me sonrío.
Todos y cada uno, respondo, pero a vos te toca justo ahora.
Sus manos empiezan a temblar. Imagino que quiere reprimirlo pero no puede. La mente es muy poderosa.
Entiendo que aceptar el destino no es fácil, le digo. Pero es como cuando uno es chico y cree que las cosas son por determinados motivos que, al crecer, se da cuenta que eran otros muy distintos a los imaginados en esos años de iniciación. Duele y genera desconfianza al principio, pero luego se acepta la pérdida de la inocencia, aunque se gana como adulto. El alma también sufre un proceso parecido. Evoluciona hasta llegar a la plena consciencia de su realidad. La existencia verdadera.
Noto que se serena poco a poco. Cada vez que le comento cosas que puede relacionar con pensamientos que en algún momento aparecieron en su mente, recién entonces, se tranquiliza. El poder de los recuerdos; un sonido conocido, un olor particular, una palabra que retorna intacta del pasado. Toda remembranza es un bálsamo para el espíritu. Tengo que aprovechar este instante.
Todo regalo es un compromiso, le digo. A uno lo han creído digno de él y debe demostrarlo con su conducta. Cuando uno es chico y rompe los obsequios, los grandes se lamentan, pero lo justifican. Cuando es grande, su responsabilidad cambia.
Lo observo, aún está de pie en el medio de la capilla. Está alineado al centro de la cúpula. Sus manos, a los costados, cuelgan relajadas. Transpira el sudor de la regeneración.
Este lugar sagrado, con su altar inserto en el corazón del universo no es casualidad. Te rodean los árboles tutelares que serán testigos de tu ini-ciación.
Levanta su vista de golpe y la posa sobre las tres figuras situadas en el sector más alto del altar. Representan la fe, la esperanza y la caridad. Pero me doy cuenta que se detiene especialmente en la que simboliza a la fe, la única que posee sus ojos tapados por un pañuelo. No es ciega, lleva una venda en los ojos, porque no necesita ver para creer.
Pero, ¿por qué usted, general?, pregunta.
El escudo de mi familia, Urquiza, es el único de los involucrados en tu misión que lleva un árbol en su interior, el símbolo de la renovación eterna y centro del universo, contesto. A mí me toca esta tarea. Además, se trata de una interacción porque voy a necesitar de tu ayuda. Pero todo a su tiempo. Primero, la iniciación. ¿Estás listo para recibir el regalo?
Ahora, decididamente, extiende sus brazos. Es la primera vez que lo siento dueño de una calma absoluta. Su resolución me sorprende un poco, quizá esperaba más cuestionamientos, pero la figura de la fe sobre el altar evidentemente le ha servido de estímulo.
Las manos juntas, le ordeno. Los ojos cerrados. Recibe esta piedra, símbolo de la muerte del hombre viejo y el nacimiento del nuevo. Con ella, construye el edificio por el que tu alma se ha desvivido durante tanto tiempo. Veintiún niveles en tres partes, un descanso cada siete. Sin principio ni final. Infinito. No intentes entender con la mente, tu corazón te dictará lo debido. Lo que ahora es oscuro será luz, porque el momento de lo oculto terminó.
El peso de la piedra le dobla las manos, casi se le cae. Los músculos de los brazos se le hinchan en el afán de sostenerla. Las venas sobresalen en un estallido de fuerza. Evidentemente no esperaba algo material, aún desconoce la relación entre la vibración de las palabras y el Universo. Habrá tiempo para eso también. Principalmente para eso.
Al salir de este sitio todo se habrá puesto en marcha, le comunico. Pero antes, como te decía, necesito de tu ayuda. Hay algo que me retiene en este lugar: mi muerte violenta. Ella es la causa de mi descanso trunco. Este favor te pido, solamente preciso que dejes la piedra en la habitación de la tragedia, frente a la lápida que pusiera mi pobre esposa Dolores denunciando a mis asesinos. Sólo eso. ¿Será posible?
Otra vez la duda. Cuando alguien recibe algo, inmediatamente se pone en juego un sentido de pertenencia, se aferra a la nueva adquisición, depende de ésta, se esclaviza. Las uñas del egoísmo se clavan en el objeto sangrante de su vanidad.
No temas perderla, le digo para calmarlo, porque la verdadera piedra ya está en tu interior.
De golpe, lo ha entendido. Sale con paso seguro y en completo silencio. Atraviesa el patio de los parrales, luego el de honor, hasta llegar a la habitación funesta, donde Nicomedes Coronel —mi protegido—, por orden de López Jordán —otro ser que gozó de mi aprecio—, me ultimó a puñaladas 133 años antes. Ahora, se aproxima al mármol portador del mensaje de Dolores, se persigna, y en una esforzada inclinación, usando las dos manos, deposita cuidadosamente su piedra. Esto último apenas si lo presencio. De repente, pierdo la densa pesadez que me ha retenido todo este tiempo, y me elevo a una gran velocidad. Una fulgurante luz me envuelve en la elevación.
Miro hacia abajo por última vez; allí está, en el centro del patio, mira al cielo con sus manos levantadas. Adivino su sonrisa, su gozo, su emoción. Mucha suerte, murmuro. Mucha suerte y gracias, hermano. Gracias.